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MI NOVELA GRANDES SECRETOS DESVELADOS

GRANDES SECRETOS DESVELADOS de ARMAN LOURENÇO TRINDADE


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Estoy asomada a la ventana viendo amanecer, el sol se asoma radiante anunciando la llegada de un nuevo día, pero yo no siento su calor. 
Hoy es uno de esos días en los que me ataca la melancolía, recuerdos hermosos del pasado inundan mi mente, momentos y situaciones maravillosas que no se volverán a repetir. 
Noto, más presente que nunca, la falta de aquellos que hoy no están conmigo, esas personas que por mucho que pase el tiempo, siempre están en nuestra mente y nuestros corazones.
 ¡Cómo cambian las cosas! Parece mentira que en tan poco tiempo, todo sea distinto, todo sea nuevo. La vida da giros bruscos y a veces nosotros no somos capaces de interferir en nuestro destino. 
Pero no todo ha sido malo, sucesos bonitos y agradables me vienen a la memoria, a veces los cambios son para bien y debemos aceptar los que nos toca, intentando ser felices siempre. Han pasado tantas cosas que mi mente se bloquea, he vivido tanto que me siento vieja, cansada. 
Hoy estoy aquí sola, no es que me preocupe demasiado, yo elegí esta vida. Pero aunque me creo fuerte, aunque intento demostrárselo al mundo, no lo soy tanto, y le echo de menos, echo de menos a ese hombre que me hizo sentir viva con sólo una caricia, desde que no está a mi lado, siento como estoy cada día un poco más muerta, más vacía. No puedo dar marcha atrás, ni cambiar los acontecimientos de mi vida, de mi nacimiento. Si pudiera… 
 Puedo sentir su mirada, sus manos, sus labios… 
Uno no puede entender el final si no es consciente del principio, he aquí la historia de mi vida:


Capítulo 1
            
            Hoy viene mi hermano Sam, ha estado una gran temporada en la ciudad. Él dice que en busca de una buena esposa. Estoy nerviosa, su ausencia ha sido más larga de lo habitual y le he extrañado mucho, más de lo que nunca me atrevería a decir. 
– ¡Ya viene, ya viene! –Me grita Lilian, mi dama de compañía –Ya  se ve el carruaje.
Corrí escaleras abajo y le vi justo bajándose del coche.
– ¡Oh Sam, cuánto has tardado en venir! ¿No te da pena tu pobre hermana? Eres muy cruel –le  dije mientras me tiraba literalmente en sus brazos.
–Sara, ¡Sara, que me vas a matar!
– ¡Por Dios Sara, compórtate! –oí a mi madre que estaba de pie en  la puerta detrás de mí.
Me separé lentamente de Sam con cara de fastidio. Mi madre tiene la habilidad de destrozar los mejores momentos de la vida…
Mi hermano me miró y me dijo:
–Te he traído un montón de cosas, y no sabes todo lo que tengo que contarte.
–Pues vamos, a que esperas, ¿Qué tal en la ciudad? Pero dime, que tal Ana....
 –Tranquila, te lo contaré todo pero déjame respirar, necesito un baño y algo de comer...
–Sara, ve y prepara todo lo que te ha pedido tu hermano, mientras Sam, acompáñame y hablamos –dijo mi madre, medio enfurruñada me marché a la cocina a ordenar que preparasen algo de comer a mi hermano. En el camino me encontré a mi padre que venía de las caballerizas.
–Papá, Sam ha llegado y trae muy buen aspecto.
– ¿A si? Iré ahora mismo a verle.
–Está con mamá en el salón.
–Muy bien querida, a ver qué nuevas trae.
No fue hasta bien entrada la tarde cuando pude sentarme y hablar con él a solas.
–Sara, estoy entusiasmado con lo que tengo que contarte, eres la primera en saberlo y quiero saber tu opinión.
–Venga, cuenta.
–Estoy pensando seriamente en casarme... –me  soltó de sopetón, me quedé totalmente sorprendida, no sabía muy bien qué hacer, opté por reírme.
–Me estas tomando el pelo.
–Por qué te ríes, no le veo la gracia –contestó  enfadado.
–No puedes hablar en serio. Tú el rompecorazones, el que decía que no habría mujer que lo consiguiera atrapar –continué  llorando de la risa.
– ¡Sara, hablo en serio!
 Automáticamente dejé de reír.
 – ¿Te has enamorado de verdad? ¿De quién? 
 –No sé si debo, después de tu reacción no me atrevo a decirte nada –y se levantó. Rápidamente le agarré por un brazo.
–Venga no te enfades, reconoce que de todas las cosas que podrías contarme esa es la última que me esperaba.
Me miró durante un instante, intentando decidir lo que debía hacer.
–Bueno está bien... –se volvió a sentar y comenzó a contarme –Es una muchacha que nunca había visto, es su primer año, la acaban de presentar en sociedad, y verás…. Bueno…
–Ya, ya basta Sam, habla de una vez, me estoy muriendo de curiosidad, dime, como se llama, como es ¡vamos!
–Es que no sé muy bien por dónde empezar.
–Por el principio, por supuesto.
–La conocí en el baile que celebró la señora Margarita Stuart. Bailé con ella. Al principio no me llamó especialmente la atención, fue más tarde, un par de semanas después en el baile que  organizó la familia Jones, cuando reparé realmente en ella. Es algo tímida, por eso pasó algo desapercibida. Pero realmente es guapísima, y cuando hablas más con ella te das cuenta  de que es muy culta y muy inteligente. No sé Sara, nunca me había sentido así, es como si flotara y todos mis deseos se redujeran a estar con ella, algo muy raro.
–Querido hermanito eso es el amor y me alegro realmente mucho por ti. Ya iba siendo hora, ¿No crees?
–Si, tal vez sí, bueno no sé.
– ¿Cuándo la vamos a conocer?
–Bueno, vas un poco rápido ¿no? 
–Cuéntame más cosas de ella.
–Es como tú de alta, es rubia y tiene unos maravillosos ojos azules.
– ¡Vaya! Parece un ángel…
–No te burles.
–Lo siento.
–Se llama Laura, y después de hablar de esto con nuestro padre pediré una cita a su progenitor para solicitar formalmente su mano.
–Entonces lo dices en serio… si me lo comenta alguien hace un mes le habría mandado a hacer puñetas.
– ¡Sara, esa lengua! Si te escuchara nuestra madre la daría un síncope.
– ¿Ellos aún no lo saben?
–No, aún no, antes quería comentártelo a ti primero.
–Bueno, si tanto te gusta no sé a qué esperas la verdad, no vaya a ser que se te adelante otro.
–No digas bobadas, ella corresponde a mis sentimientos.
–Muy bien, pues vete a hablar con nuestro padre, seguro que nuestra madre se sentirá muy feliz, espero que esté ocupada mucho tiempo organizando tu boda y que se olvide un poco de mí  ¿A ti que te parece?
–Que es posible, pero no probable.  Voy a contárselo durante la cena para que tú no te pierdas nada.
–En verdad eres muy amable.
Se levantó, me dio un beso en la frente y fue a prepararse para la cena. Sin duda alguna, sería un día memorable. A ver la cara que ponía mi querida madre.

            Cuando estábamos todos sentados en la mesa, mi hermano parecía bastante nervioso. No dejaba de mirarme y a mí me daba la risa lo que hacía que mi madre me regañase más de lo habitual. Fran, sentado a mi lado nos miraba de hito en hito, sospeché que él ya estaba enterado del asunto.
–Ejem, bueno quería comentaros algo, si no os parece mal.
–Adelante hijo –lo animó  mi padre.
–Quería pedir vuestro consentimiento para casarme –dijo  y bajó la mirada avergonzado. 
La cara de mi madre fue todo un poema. Pasó de la sorpresa a la incredulidad. Por primera vez en la vida se quedó sin palabras. Mi padre más sereno dijo:
–Bueno hijo, ciertamente es algo sorprendente y déjame decirte que totalmente inesperado… 
– ¡Claro que sí! ¡Por supuesto que sí! Pero hijo, que alegría le das a tu madre, apenas puedo creerlo –mi  madre totalmente repuesta y a voz en grito –Por  fin ¡Mi hijo casado! Qué alegría. Tenemos que prepararlo todo, espero que decidas que la boda se celebre pronto.
– ¡Pero madre, si aún no se lo he pedido! ¿Cómo puedes ir tan deprisa?
– ¿Acaso crees que te dirá que no? No seas tonto. Sería una estúpida y tú nunca te fijarías en una mujer de pocas luces, no, claro que no. ¿Cuándo vamos a pedir su mano? Habrá que celebrarlo... si eso, hay que celebrarlo. 
Y se levantó toda belleza y delicadeza a por una botella de nuestro mejor vino, mi padre totalmente sorprendido por ese ataque de espontaneidad  no sabía cómo continuar.
–Bueno hijo, cuéntame lo que quieres hacer –mi  hermano aprovechando la ausencia de mi madre a la bodega se lo contó todo. Yo les escuchaba, entusiasmada de ver a mi hermano tan feliz, bueno el nunca había estado triste, pero esta era una felicidad distinta, estaba deseando conocer a la mujer que había conseguido poner ese brillo en los ojos de mi hermano, automáticamente ya me caía estupendamente. 
Mi hermano le pidió ir lo antes posible a pedir su mano, la fecha de la boda le daba igual, a lo cual mi padre accedió inmediatamente. 
Llegó mi madre con el vino y tan contenta que no cabía en sí de gozo, propuso un brindis. Fue una velada realmente agradable hasta que decidimos que era hora de irnos a la cama. Después de despedirme de mi padre, mi hermano y Fran (pues ellos habían mostrado su deseo de continuar hablando un poco más) mi madre se marchó conmigo del salón, nunca nos habíamos llevado bien, a veces me daba la impresión de que yo era una carga realmente dura para ella. Deseaba con desesperación casarme, pero no con un apuesto joven, no, siempre estaban en su ojo de mira hombres que pasaban de los cuarenta, algunos viudos y con hijos. Ella afirmaba que así tendría estabilidad, tanto emocional como económica. Los hombres hechos y derechos, no solían dar muchos quebraderos de cabeza. Por el contrario, en mi fuero interno, algo me decía que no lo hacía por mi beneficio, más bien para mi desgracia. Desde que me presentaron en sociedad, mi madre había propuestos varios candidatos para mi, con la firme esperanza de alejarme cuanto antes de esta casa. Mi padre siempre se negó. Había decidido hacía mucho tiempo que yo elegiría personalmente a mi esposo, pero aún así ella seguía intentándolo.
–Ves Sara, Sam ha decidido hacer lo correcto, me pregunto cuando le imitarás y harás tú lo mismo, pretendientes no te faltan.
–Madre, no deseo casarme por el momento.
–No logro comprender esa aborrecible decisión de tu padre, no entiendo porque debes elegir tú cuando a la vista está, no haces nada por elegir.
Puse los ojos en blanco.
–Por favor madre, casarme no está en mis planes, de momento. No me corre prisa, sabes muy bien que no necesito un esposo para procurarme el sustento. Mi abuela me dejó sus tierras y son muy prósperas.
–Tú abuela, tú abuela… Jamás te casarás Sara, eres una desagradecida, con todo lo que he hecho por ti, te quedarás solterona, eres igual que tú abuela, siempre tan imprudente e insociable, todos comentaban que no le funcionaba muy bien la cabeza…
El hecho de que insultara a mi abuela me hizo volverme, mi madre debió de ver algo en mis ojos que por un momento la asustó y la hizo bajar la mirada y retroceder un paso.
–No te atrevas a insultar la memoria de mi abuela, ¡Cómo te atreves! Ella no estaba loca, era la mujer más cuerda que he conocido, y siempre será mil veces mejor que tú.
Me fui, me hervía la sangre y sabía que con el carácter que tengo podría decir cosas de las que luego con total seguridad, me arrepentiría. Entré en mi habitación hecha una fiera, y Lilian, que me conoce muy bien, me ayudó a desvestirme sin decir ni una palabra. Cuando estuve metida en la cama pensé que mi madre no podía destrozar este hermoso día, a si que, me dispuse a imaginar a mi hermano, con su traje impoluto, sin una arruga como acostumbraba, intentando coger a su hijo, un bebé lleno de babas, en brazos, y no pude contener la risa. De pronto se  abrió la puerta con sigilo y alguien dijo:
– ¿Aquí hay alguna fiesta? Me pareció escuchar una risa de mujer.
– ¿Qué clase de fiesta es si vosotros no estáis?
–Tienes toda la razón. – confirmó Fran.
Cuando éramos pequeños, Sam y yo dormíamos en la misma habitación, hasta que llegó Fran y mi padre juntó a los dos niños en la misma habitación. Fran era el hijo huérfano de un gran amigo de mi padre, un comerciante del pueblo. Un día la casa de los padres de Fran se prendió, era de noche y cuando la gente acudió en su ayuda era demasiado tarde. En el jardín estaba Fran sentado mirando como ardía su casa. Su padre le había sacado a él primero pero no le dio tiempo a salvar a su esposa y murió en el intento. Desde ese momento mi padre lo adoptó y pasó a ser uno más de la familia. Mi madre nunca lo aceptó como su hijo. Así que pasamos a ser dos las ovejas negras, a Fran jamás le importó, estaba demasiado agradecido con mi padre. Pero todas las noches, cuando todos pensaban que dormíamos, mis hermanos entraban en mi habitación y pasábamos un rato hablando de las cosas que nos habían pasado durante el día.
–Dime que es lo que divierte tanto –me  preguntó.
–Pues tú, naturalmente.
– ¿Por qué?
–Estaba imaginándote haciendo de papá con uno de tus trajes nuevos.
– ¿No crees que estás corriendo mucho? Aún no me he casado y ya hablas de hijos.
–Debes admitir que desde que has decidido perder tu adorada soltería, es más que probable lo de tener hijos. 
– ¿Acaso no me crees capaz? Lo de ser buen padre.
–Por supuesto que sí, vaya tontería, sé que lo harás muy bien, pero debes reconocer que no te pega nada con tu imagen de dandi a la que nos tienes acostumbrados.
–No digas bobadas, dandi yo, ¿de verdad esa es la imagen que doy?
–Pero no te preocupes, que si tienes algún problema aquí está tu hermana solterona para ocuparse de tus hijos y darles una buena educación.
– ¡Estás loca!! Tú de niñera de mis hijos, ni pensarlo, seguro que se volverían cabezotas y maleducados.
Los dos hombres echaron a reír.
–Pero que estás diciendo, yo cabezota y maleducada, ¡que descaro! como te atreves a decir eso de tu pobre hermana –le  recriminaba mientras le golpeaba con uno de mis cojines y él no paraba de reírse.
–Bueno, ya vale, vale, lo retiro.
–Así está mejor.
–Dime, ¿Cómo te encuentras tú? ¿Qué es lo que sientes?
–Que yo soy muy feliz, si tú eres feliz.
–Lo soy.
–Pues yo también.
– ¡Venga ya! Esto empieza a tomar un cáliz melodramático y acabo de cenar. –dijo  Fran en suspiro.
No le hicimos ni caso.
–Pero me preocupas, por nuestra madre.
–No debes preocuparte, sé cuidarme sola.
–Eso no lo dudo, sé que te ha dicho algo ahí abajo, lo vi en tu mirada, pensé que necesitaría un escudo medieval para protegernos. –saltó  Fran.
–Que bobo eres, vaya exageración –exclamé haciéndome la ofendida mientras nos reíamos –Por  ella no te preocupes, lo tengo todo controlado.
– ¿Por qué no te vienes con nosotros? Ya sé que no te gusta la ciudad, pero así cambiarias de aires, y con todo lo que ofrece la ciudad estoy seguro de que apenas estarías con ella, solo la verás en las comidas.
–Eso es muy tentador.
–Venga, piénsatelo, así podrás ver a Ana, que pregunta mucho por ti y tiene muchas ganas de verte y yo puedo presentarte a un montón de hombres magníficos que también me preguntan mucho por ti, al parecer tienes muchos admiradores.
–No empieces tú también.
–No te enfades, lo digo de broma, pero anímate, la ciudad también tiene sus encantos.
–Está bien, lo pensaré.
–Yo creo que no deberías ir –expuso  Fran. Estaba mirando al techo como si tuviera una pregunta importante a la que no encontraba respuesta.
– ¿Por qué no?
–Pues si tú vienes yo tendré más trabajo.
Le miré fijamente.
–Sí, sí, no me mires así. “Fran, acompaña a Sara de compras”, “Fran, Sara va a pasear, ve tu con ella”…
Me reí por su intento de imitar la voz de mi madre.
–Sí es eso lo que te preocupa, pues me quedaré en casa y arreglado.
–Así me gusta.
Me miró y una media sonrisa curvó sus hermosos labios. Mis hermanos eran muy guapos, los dos, cada uno en su estilo. Sam alto, rubio y esbelto. Fran era más o menos de su misma estatura pero moreno de piel y su espalda y sus hombros eran fuertes debido al trabajo físico. Desde que tuvo edad él mismo decidió ponerse a trabajar para mi padre, como pago por los gastos ocasionados por alimentarle y vestirle. Nunca aceptó paga alguna por su trabajo, pero mi padre creó un fondo para él. Cada cierto tiempo iba añadiendo lo correspondiente al sueldo trabajado y algo más, nunca nos dijo la cantidad exacta de ese fondo, tampoco nosotros se lo preguntamos. 
Continuamos hablando hasta que Sam, evidentemente cansado, me dijo que se iba a la cama, me dio un beso en la frente y se marchó con mucho sigilo, pensando que nadie se había percatado del escándalo que habíamos formado, Fran le siguió. Me preparé para dormir, pues mañana sería con toda seguridad un día muy movido.
Y no me equivoqué, mi madre estuvo todo el día revoloteando de aquí para allí preparando el viaje, porque ella también iba a ir, por supuesto, ¿cómo se iba a perder la oportunidad de disfrutar de los placeres que te ofrece la ciudad, de volver a relacionarse con sus amistades, de alejarse del campo que tanto aborrecía?
–Dime hermanita, ¿vamos a contar con tu maravillosa compañía?
No podía negarle nada cuando me miraba con esos maravillosos ojos, era sumamente persuasivo y él lo sabía.
–Muy bien iré.....
–Pues espero que se comporte – dijo mi madre con pocas ganas.
–Muy buena idea –contestó  mi padre –así  será más divertido.




Capítulo 2

Unos días después nos encontrábamos en nuestra casa de la ciudad, y no nos habíamos casi instalado cuando mi madre empezó a mandar notitas a todos sus conocidos anunciando su llegada y su deseo de retomar de nuevo sus amistades. Sus cartas tuvieron el efecto deseado, porque en breve empezamos a recibir invitaciones para cenas privadas y grandiosos bailes lo cual produjo en mi madre un continuo estado de éxtasis, prácticamente nosotros no la reconocíamos, no había ni rastro de su tan inseparable estado de continúa melancolía a la que nos tenía acostumbrados. No me pareció en absoluto mal, ya que con su euforia apenas se fijaba en mi, y se pasaba el día en la calle comprando ropa y otros elementos para ir impresionantes a los bailes, porque en su interior ella guardaba la esperanza de encontrarme el hombre ideal, cosa que se cuidó muy bien de decirme por mi probable, más que probable diría yo, arrebato de ira, que me daban cuando me hablaban de matrimonios de conveniencia. Como ya me aburría, pues mi madre estaba entretenida en sus cosas, mi padre aprovechó para arreglar algunos negocios, y mis hermanos por ahí, decidí ir a visitar a mi amiga Ana, que se alegró inmensamente de verme, y en unos instantes, loca de contenta, sentada en el salón, me puso al corriente de todas las novedades que habían pasado desde la última vez que yo estuve en la ciudad.

–……. Y tenías que haber visto la cara de la señora Wright, cuando se enteró que su dulce hija estaba bailando con aquel bribón, estuvo a punto de ir y apartarla de él a la mismísima pista de baile si no fuera porque el señor Wright la detuvo a tiempo, ¿te imaginas Sara?– me contaba mi amiga mientras nos partíamos de la risa.
– ¿Qué si me imagino?, ya lo creo que lo imagino, pobre Lucy, la bronca que la tuvo que echar su madre después. –contesté entre risas.
–Estuvo dos meses sin salir la pobre y ahora está completamente vigilada.
–Pero que ven mis ojos Joseph, si hubiese sabido que en este salón había tanta belleza seguramente no hubiese ido al parque a pasear –mis hermanos acababan de entrar en ese momento con el hermano de Ana. Eran totalmente distintos, Joseph era un chico más bien bajo, de anchas espaldas que le daba un aire bastante rudo, pero tenía una expresión en la cara que le hacía parecer un hombre dulce y cariñoso, lo cual era en verdad su personalidad.
Durante un tiempo, en nuestra adolescencia, yo guardaba la esperanza de que Ana y mi hermano Sam acabarían enamorándose, y así mi mejor amiga pasaría a ser mi hermana, pero como todos nos conocíamos desde pequeños nuestros sentimientos eran fraternales, así que deseché esa idea, aunque nunca se lo había dicho a ninguno de los dos, pues seguro que se habrían reído de mí.
–Hay que ver que halagador eres Sam, normal que tengas a todas detrás de ti.
–Sí, pero por poco tiempo, pobrecillas, a más de una la va a dar un soponcio– repuse yo.
–No creo que sea para tanto–dijo él, muy modesto.
–Pues yo diría que sí, –contestó Joseph, que casi siempre permanecía callado.
–Yo opino lo mismo –dijo Fran con socarronería.
–Cambiemos de tema, he visto a Carla y a su hermano George, me han preguntado por ti, les dije que tendrían el placer de verte en persona, pues te encontrabas en la ciudad y posiblemente asistirías a algunos bailes.
Carla, una mujer sencillamente horrible, no me caía bien desde… desde, yo creo que nunca me ha caído bien.
–Sí, me imagino que para ella será todo un placer, igual que para mí.
–No me digas que aún os lleváis tan mal como cuando erais pequeñas. –Preguntó Joseph– Creo que ya sois mayorcitas.
–Puede que tengas razón, pero esa mujer siempre me ha puesto nerviosa, es muy engreída, y no la soporto–repuse yo.
–Sí, me acuerdo del día que decidisteis odiaros. – comentó Fran.
Yo le miré sorprendida.
– ¿De qué hablas?
–No me lo puedo creer. No me digas que no te acuerdas.
–Pues no, la verdad.
Se miraron los tres muy sorprendidos.
– ¿Tú te acuerdas? –le preguntó a Sam
 Él sonrió.
–Pues claro, fue un día glorioso.
–Sam…
–Bueno, fue un día que mamá propuso que fuéramos de picnic al parque todos juntos, fue la época en la que pasábamos varios meses aquí en la ciudad con el pretexto de que era necesario para tú educación. Creo recordar que tú  tendrías unos seis años aproximadamente, a nuestro padre no le hacía ninguna gracia, pero claudicó porque mamá decía que era fundamental para ti.
Yo estaba pensativa, no me acordaba. Miré a Ana que me negó con la cabeza, al parecer ella tampoco recordaba.
–Sigue.
–En fin, era un día hermoso, hacía una temperatura realmente buena, el picnic lo había propuesto Doña Matilde, la vecina de nuestra abuela, y a la mayoría de las madres les pareció buena idea, fuimos todos, aunque a nosotros no nos hizo ninguna gracia, ¿verdad Joseph?
–Ninguna, en absoluto, la mera idea de pasar toda la tarde con nuestras hermanas pequeñas, incluidas la de nuestros amigos, con nuestras madres no nos gustaba.
–Ciertamente– afirmó Fran.
–Al grano Sam.
–Vale. El caso es que cuando terminamos de merendar nos pusimos a jugar por el parque, como era de esperar tú nos seguiste, y como ya era habitual, desplegaste todas tus habilidades tirando piedras al lago, o jugando a pillar, incluso recuerdo que trepaste a un árbol, nuestra madre se puso furiosa cuando vio el vestido hecho un asco.
–Sí… ya me acuerdo.
Ana soltó una carcajada.
– ¡Yo también! Tú madre montó un escándalo porque habías roto el dobladillo del vestido amarillo ese que tan poco te gustaba. Te llamó “Niña salvaje”.
–Sí, ya veo que os estoy refrescando la memoria. Cuándo nuestra madre dejó de reprenderla la obligó a sentarse en la hierba sin moverse.
–Sí, y llegó Carla y se sentó junto a mí.
–Sí, y te dijo…
–Me dijo que yo más que una señorita, parecía un mozo de cuadra, sin ninguna educación.
–Ajá. Y tú sin ningún miramiento la cogiste por su hermosa cabellera y la arrastraste hasta le lago, la diste una patada en el trasero y la pobre calló en plancha al agua.
Todos nos estábamos partiendo de risa.
–Ahí comenzó la leyenda de Sara y sus travesuras.
– ¡Oh Dios! Ya me acuerdo, nuestra madre se puso furiosa.
–Sí.
–Me castigó un mes entero sin postre.
–Pobre Carla, desde entonces no habéis hecho muy buenas migas. No te perdonó que la estropearas el vestido, ni el peinado, y encima delante de todos.
–Vaya recuerdos, como me he podido olvidar de ese día.
–Yo creo que porque después de ese grandioso día has tenido un montón de nuevos grandiosos días más.
Nos volvimos a reír. Sam miró el reloj que llevaba en el chaleco.
–Bueno Sara, creo que deberíamos irnos, nuestra madre nos estará esperando.
– ¡Oh Dios mío! Con lo de la pedida de manos está inaguantable
–Porque la hace mucha ilusión y quiere que todo salga bien.
–No, bien no, perfecto, lo quiere todo perfecto.
–Ten paciencia, Sara, ya sabes cómo es– me aconsejó Ana.
–No, si yo estoy divinamente, está tan entretenida que ni siquiera se acuerda de mí, lo cual yo agradezco.
–No hay mal que por bien no venga.
Nos despedimos de nuestros amigos y nos marchamos a casa. Fuimos caminando, a mí hermano le gusta caminar por la ciudad, y como todo el mundo le conoce y nos paramos a saludar, tardamos una eternidad en llegar a casa.
–Hola hijos, vuestra madre os está buscando para no sé qué del baile.
– ¿Baile? ¿Qué baile?–preguntamos asustados, no teníamos ningún baile previsto hasta dentro de unas semanas.
–Todavía no lo sabéis–dijo mi padre pensativo– será mejor que os lo cuente ella, oh aquí está.
–Os estaba buscando, ¿donde os habéis metido?, no importa, el caso es que ya estáis aquí.
–Madre, ¿qué es eso de un baile?, –preguntó mi hermano algo asustado.
–He pensado dar un baile para celebrar tu compromiso.
– ¡Pero madre!
–No te preocupes, algo íntimo.
Eso nos horrorizó aún mas, mi madre pensaba que algo íntimo es algo que se celebra con todas las personas a las que conoces, y ella conocía a un montón.
–No madre, un baile es demasiado, con la cena está más que bien, un baile no.
–Tonterías, acompáñame a elegir el menú, y tú Sara– ¡Hay Dios! que se había fijado en mí– ve a probarte los vestidos que están en tu habitación– dijo y yo suspiré, pues eso no me molestaba tanto como preparar un baile.


© Arman Lourenço Trindade






2 comentarios:

  1. Hola Plumilla, me parece una idea genial, espero que quién lea estás páginas se enamore de la historia y no pueda dejar de leerla. Es fabulosa y maravillosa.

    Tienes ideas muy interesantes, felicidades.

    Besitos azules ^_^

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  2. Hola cielo me ha encantado el primer y segundo capitulo, muchas gracias por subirlo, ya quiero leer su novela. besos

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